miércoles, 2 de noviembre de 2011

Night of the hunter


Un, deux, trois, cinq
La noche aún era joven cuando cerró tras si la puerta del lugar donde vivía. Experimentó el aliento del frío en los labios, el sabor del ambiente en la lengua. Parecía chocolate derritiéndose lentamente.
Anduvo en el silencio oscuro de la calle.
Había sido perseguido durante toda su vida. Era el hijo bastardo del miedo. Era el cazador de la noche, el observador desapercibido a la luz del día. Miraba a los extraños y veía sus miedos en el
fondo de sus ojos, conocía la razón de su dolor y sus suspiros. También entendía del sentimiento amor. No lo compartía.
Comenzó a encontrarse con algunos humanos jóvenes en los callejones. Desprendían olor a alcohol y sustancias más dulces y atrayentes, las cuales, afectarían a su sistema nervioso de una forma humillante. Pasó a su lado, sin inmutarse por sus risas o llantos, quejidos o fascinaciones. Los miró y surgió la lástima en algún lugar de su pecho.
Entró en uno de los pubs con menos luz de la ciudad. Nadie percibió su presencia, se escabulló entre los inmigrantes ciclados que custodiaban la puerta. La música atravesó su tímpano para después convertirse en un impulso eléctrico perfecto, le gustaba lo que oía. Metal.
Las luces epilécticas danzaban al ritmo de la música. Y sólo captaba imágenes discontinuas. Aún así, la vio.
Acompañada de la pérdida de integridad. En los brazos de un hombre que recorría la totalidad de su cuerpo, sin detenerse. También sintió el núcleo de oscuridad y el halo que la acompañaba. Ella no tenía miedo, no sentía nada. Estaba muerta. Y se seguía autodestruyendo.


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